Hubo una vez un mágico reencuentro... sin embargo no fue debido a la distancia, eran muy unidos, no se dio tampoco por falta de atención, daba la vida por él. Fue uno de esos momentos que uno atesora por la espontánea razón de su existir.
Un niño acostumbraba, tumbarse a la sombra de un gran árbol que había en el jardín del colegio. Siempre a la misma hora, miraba hacia arriba con la mirada perdida, como hipnotizado despegaba de la realidad y comenzaba a reír sin razón aparente, movía los brazos como queriendo alcanzar algo, sin lograr conseguirlo. Algunos compañeros del colegio e incluso maestras y adultos que paseaban cercanos a la escena, llegaron a pensar que tenía un problema, que alucinaba o quizá algún ataque misterioso sucedía, de esos asuntos que ni la medicina se explica pero nombre y etiqueta le adjudica.
Un día el Padre del niño estaba en el colegio, cuando llegó la hora exacta del ritual habitual a la sombra del árbol. Lo observó desconcertado, quizá incluso entristeció un poco al ver que algunos niños lo señalaban y entre secretos algo mencionaban de aquel niño. Miro al cielo intentando buscar la razón, no había nada especial. A punto estuvo de pasar por alto el momento, dejarlo pasar. En cambio decidió cambiar el punto de vista y darle una oportunidad a una realidad diferente. Se recostó junto a su hijo, cerró los ojos un momento, suspiró profundamente mientras vacío su mente. Al abrir los ojos se sorprendió del paisaje multicolor, destellos cruzaban entre las hojas que movía el viento en la copa de este majestuoso árbol. Alzó los brazos y los movió de un lado a otro, como si polvo brillante hubiera en el aire, cada que movía los brazos dejaban a su paso una estela de brillos que jugueteaban ente ellos en un baile sin fin. No pudo evitar la carcajada que suele acompañar un momento de inmensa felicidad, de esos que uno tiene cuando menos te lo esperas, cuando olvidas por un momento la realidad de las cadenas sociales. Volteó a ver a su hijo, quien sin ninguna palabra lo miro directo a los ojos, atravesando la carne directo al corazón. El niño le sonrió... ambos comprendieron la magia que existía bajo la sombra del árbol.
El reencuentro se había dado en un momento de luz.
F.B.H. 10.12.2016
Dedicado a Mateo, un niño mágico.
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