¿Recuerdas la última vez que sin preocupaciones, sin nada que temer, sin dudas, simplemente fuiste libre?
Miraste al cielo y suavemente deslizaste tu ser hacia la insospechada gratitud de la libertad. Observar entre las hojas de los árboles, atravesar los brillantes destellos del sol acariciando tu rostro al compás del viento, en una danza entre tu cabello, las hojas de los árboles, y todo tu alrededor. Percibir esa música tan peculiar de su ir y venir, cerrar los ojos un momento y balancearse de un lado a otro formando parte de esa majestuosa pieza. Escuchar con claridad cada mínimo detalle, desde el crujir de la madera hasta el alegre canto del ave, quién parece dirigir la alegre melodía. Abrir de nuevo los ojos y percibir el movimiento coordinado de tu culumpeo hacia delante, hacia atrás y en ese momento agarrar la suficiente y delicada velocidad que te impulsa de nuevo hacia delante.
Lo recuerdo perfecto, lo vivo de nuevo y por un momento me olvido del hoy, del mañana, de la existencia de la sociedad, del mundo, solo yo, la naturaleza, un bello día y una hermosa melodía. Un balanceo casi inocente, como solía hacerlo hace algunos años, sin preocupaciones, sin nada que temer, sin dudas, simplemente fui libre. Algo tan sencillo, tan infantil como el disfrutar de un columpio en el parque de la esquina.
F.B.H. 18.12.2016
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