Como personaje de terror de los cuentos y mitos urbanos la
droga no puede entrar a nuestros hogares si no recibe una invitación formal, si
nosotros no le damos la autorización o le permitimos la entrada.
Sin embargo y por desgracia, hemos descuidado la puerta,
hemos sido permisivos en los límites y reglas internas del hogar, así como en
las políticas firmes de operación de nuestras casas. ¿Se escucha muy formal no?
Pero en realidad así es, en cada hogar debe haber unas reglas operativas (como
en cualquier ámbito de la vida) que guían la forma correcta de actuar, así como
sanciona el no seguir dichas formas. Quizá en la mayoría de los casos, las
estipulamos de manera empírica, sin
algún orden formal, de una manera simbólica se establecen y cada cual sabe que
debe hacer o no hacer y las consecuencias de las mismas. De hecho, a través de
la historia, ha sido la forma de llevarse a cabo en todos los hogares.
Difícilmente nos damos a la tarea de establecer por escrito y de manera formal
la reglamentación del hogar “Políticas firmes y de convivencia sana en el
hogar”. Más bien se van enseñando sobre la marcha, se van delimitando mientras
se va avanzando, las enlazamos con la educación que vamos proporcionando a los
miembros de la familia y poco a poco se van formalizando.
En la mayoría de los casos, cuando se adquiere cierta edad
(en general alrededor de la adolescencia) se vuelven un poco incongruentes, o
se contraponen unas a otras, en algunos casos se le permite algo a ciertos
miembros de la familia y a otros no y así sucesivamente hasta que llega un
momento en el cual dicho miembro de la familia reclama, o decide hacerlo por
que otros miembros así lo hacen sin repercusiones. Es decir, predicamos con el
calzón en la mano, supuestamente algo no se debe hacer, pero para otros si es
permitido.
Por ejemplo: 1) Los niños (sin una edad estipulada) deben dormir
temprano, pero los adultos no. 2) Los niños no deben decir mentiras, pero el
papa jamás contesta a los acreedores y miente constantemente e incluso obliga a
los demás a mentir “No estoy” “Ya salí”. Y así seguramente usted podrá recordar
muchos casos similares de esta ingeniería familiar.
Si bien es cierto que no existe la Universidad del buen
padre o la carrera de Administración del hogar, si sabemos lo que no queremos
para nuestros hijos y lo que no deseamos que suceda en nuestros hogares. Eso es
la base, a través de esas premisas educamos a nuestros hijos y así debe de ser,
pero con una congruencia. ¿No quiere que su hijo beba alcohol cuando es menor
de edad o es un adolescente? Pero usted lo ha enseñado que toda celebración y
tristeza está asociada con el alcohol y su consumo, es la manera cotidiana de
actuar. ¿Cómo espera prohibirle que llegue tomado? ¿Cómo pretende que no
celebre con alcohol?
No invitemos al enemigo a nuestros hogares, no hagamos
cotidiano lo que no queremos para nuestros hijos. ¡Seamos congruentes! Si
actuamos de cierta manera, ellos lo verán como algo permitido, algo normal y
aceptado, es nuestro ejemplo la mayor enseñanza. No permitan que vean en el
consumo de alcohol algo normal, pues es la puerta de entrada a las demás
drogas. Si, usted ya lo sabe, y ellos lo sabrán, el alcohol es una droga. ¿Cómo
prohibirles consumir drogas? Si nosotros las hemos traído al hogar, hemos invitado
a sentarse en la sala a un invitado peligroso.
F.B.H. Junio del 2017

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